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Vi tus manos con aceite

y en ellas mi corazón.

¡Oh, cuán dulce deleite,

que actives en mí nuevamente

clamor profundo de oración!

Ese ungüento que destilaba

era el aceite de la unción

y suavemente se llevaba

-lo vi yo claramente-

toda falta de comunión.

¡Fuera la resequedad

y tan odiosa sequía!

¡Basta ya, oh, terquedad!

¡Vete ya!

¡Escapa ya!

Mi corazón erosionado

¡Cuánto te duele, Señor!

Veo en tu aceite mi pecado

y oigo una voz que dulcemente

canta en mí cual ruiseñor.

Andrea Suárez Salazar

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